El problema de la violencia armada en los países de América Latina, y Venezuela no es excepción, se concentra mayoritariamente en víctimas que son varones, jóvenes, mestizos y pobres. Esta realidad suele dejar en las sombras los distintos tipos de impacto directo que tiene la proliferación de armas en las mujeres.

 

La escala de asesinatos de mujeres en nuestro país es muy alta. Según la Encuesta Nacional de Victimización publicada en 2010, unas 3.606 mujeres habrían muerto violentamente en el período cubierto por esa investigación. De acuerdo con esa data, se podría proyectar una tasa de 25 venezolanas asesinadas por cada 100.000 mujeres.

 

No contamos con suficientes datos para saber si estos asesinatos tienen su raíz en la discriminación por género o «feminicidios», como las organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres suelen definir a este delito. No obstante, si tomamos como base los informes sobre violencia doméstica en el país, no sería descabellado al menos inferir que muchas venezolanas son asesinadas solo por el hecho de ser mujeres o niñas.

 

Al definir la importancia de las políticas de control de armas y desarme general de la población, hay que insistir en que todas las armas -no solo las «ilegales en manos de malandros»- sirven únicamente para generar muerte y daño. Esto es particular y tristemente cierto en el caso de los asesinatos y lesiones de mujeres.

 

En los estudios realizados internacionalmente se patentiza que las mujeres asesinadas con armas de fuego mueren fundamentalmente por disparos de sus compañeros íntimos (normalmente hombres tenidos como «personas de bien») con armas debidamente registradas y tenidas en sus propios hogares.

 

Tres ejemplos internacionales ilustran de manera clara esta realidad: En El Salvador se determinó que 98% de las asesinadas entre varios meses, conectando los años 2000 y 2001, fueron asesinadas por sus compañeros íntimos; mientras que en Brasil, tal porcentaje fue de 58% para el año 2000. En Estados Unidos, si hay un arma legal en una casa, se incrementa en 41% las posibilidades de que los habitantes de la misma terminen asesinados en comparación con los habitantes de hogares sin armas, pero si eres mujer, la posibilidad de resultar asesinada se incrementa a 272%.

 

Tratemos de imaginar la dimensión de otros tipos de vejaciones, maltrato y hostigamientos de los que son víctimas las mujeres y sus hijas e hijos, realizados con la amenaza del uso de un arma de fuego.

 

Las experiencias en países tan distintos como Canadá, Argentina o Suráfrica nos enseñan que los esfuerzos orientados en sacar la mayoría de las armas de circulación y evitar su uso tienen una influencia muy positiva en la reducción de los feminicidios, en particular, y en todo tipo de violencias ejercidas contra las mujeres en general.

 

En la medida en que se reduzca la disponibilidad de todas las armas y se regule de manera estricta su excepcional uso, la mujer venezolana estará mucho más segura y libre del temor de la violencia.

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