Me lo dice con sonrisa forzada, mientras el ascensor, con los sobresaltos habituales, pone suspenso a la incomodidad que pudo haber provocado en la vecina la pregunta cordial y desinteresada.

Habla de su hija, de 28 años, médica y egresada de la UCV, que decidió aventurarse a España desafiando los rigores de la política antinmigratoria europea que, como la estadounidense, cada día exhibe rasgos insultantes y racistas.

Justo cuando las puertas se abren, y con aire de complicidad que me conmueve, confiesa como quien dice adiós a lo perdido, que Verónica no quería irse.

Empezaba a cultivar su espacio, tenía compañeros en el hospital y salía los domingos a la playa en su país que ama y que nunca pensó dejar, como un delincuente que huye de la justicia. Pero el trauma de dos atracos y el reciente secuestro a una prima, le hicieron prender las alarmas y llegar a la conclusión de que así no puede vivir.

El drama de Verónica no es un caso aislado. Los venezolanos han venido asistiendo en silencio y no sin cierta perplejidad a una suerte de huida selectiva de personas, con preparación profesional y talento, que se imaginan el futuro en tierras lejanas.

Podría admitirse que no es nuevo, y gracias a ese sentido de la búsqueda de sus propios sueños, muchos de esos compatriotas vienen y devuelven al país su ayuda con la experiencia y conocimiento adquiridos.

Pero esta generación de jóvenes que desmontan de la pared la foto del sobrino, se llenan de valor para no llorar con los padres y cierran la puerta del cuarto sin saber cuándo regresarán, es reflejo de un drama nacional y público, que se sufre en privado, porque otras urgencias obligan a fijar la mirada hacia el presente y depositar en la cajita de la memoria los temores y tristezas que dejan los abandonos repentinos.

La frase «me quiero ir» resume de alguna forma lo que Hugo Chávez ha logrado en esa demencia sin freno que él denomina revolución. Pasa no sólo en «hijos de papá», como groseramente gusta llamar a quienes provienen de familias constituidas.

Resulta peor en chicos de los barrios, atrapados en las balas asesinas y la pobreza. Algunos tienen suerte y al desertar del liceo hallan un empleo para sobrevivir, ayudar a la familia y salir los sábados con la novia.

Pero a esos jóvenes de los barrios que saltan de la preadolescencia a la adultez sin darse cuenta y sin esperanzas, se les tiene prohibido viajar, tener un apartamento propio o carro. La condena del peligro se cierne sobre sus vidas.

Por eso es que ya no convencen las cadenas presidenciales con graduaciones masivas en el Teresa Carreño y franelas rojas que lanzan loas al líder.

La repugnante sensación de inseguridad y miseria que sienten esos mismos muchachos cuando regresan a sus casas deja claro que el país que le acaban de describir no es el mismo que ellos con miedo miran a los ojos, justo cuando el malandro le apunta y le dice quieto o te quiebro. Allí constatan que están a unos metros del abismo.

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