La humanidad hoy ocupa una butaca especial en el teatro de la violencia que se escenifica en el mundo. Pero además, despliega sobre las tablas sucesivos e interminables episodios en los cuales protagoniza desencuentros, intolerancia, discriminación y en su expresión más degradada: aniquilación y muerte.

Sus manifestaciones son tan variadas como riesgosas para la convivencia en un mismo planeta.

La sensación que sólo la particular forma de concebir el mundo (la propia de cada cual) es la que debe tener cabida y que forman nuevas ondas en este peligroso espiral. La homofobia; el racismo; el irrespeto por las distintas formas de vida (talas indiscriminadas y el abuso de los animales en «deportes», así como su poca o nula protección); la intolerancia, el fanatismo, la discriminación son sólo algunas de las actitudes que solemos mirar encubiertas detrás de los frecuentes hechos de violencia que se suscitan hoy en nuestro planeta.

Las generaciones que se levantan miran la violencia directo a los ojos como un hecho cotidiano cuando exterminan enemigos virtuales desde un ordenador y naturalizan su uso y abuso como una manera de ascender o triunfar. Jugando aprenden de qué fibra se compone hoy nuestra casa. Los esfuerzos que hagamos para desmantelar esta tendencia, por muchos que sean, siempre serán pocos.

La labor por la paz debe franquear un muro levantado por la industria de la diversión que comprende cine, televisión, videojuegos y contenidos que aunque no inventen violencia, al menos ayudan a reproducirla. Nuestro modesto aporte para incentivar una labor por la paz desde la comunicación masiva, es el premio que entregaremos, a partir de este año, cada 21 de septiembre en el Día Internacional de la Paz.

Un cambio de conciencia es imperativo en un planeta que nos echará a cada uno de nosotros y nosotras si no restituimos las prácticas de convivencia armónica y pacífica.

Gabriela del Mar Ramírez
Defensora del Pueblo

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